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¡Últimas noticias!

Miércoles, Septiembre 24th, 2008

Los científicos, los religiosos y el hombre en general, no se explicaban las causas de tan singular fenómeno que afectó a toda la Tierra y puso en peligro la vida de sus habitantes, su estabilidad, su congruente equilibrio ecológico y su capacidad para albergar tantos seres.

El hecho ocurrió de pronto en todos los países, en unos de día en otros de noche. La noticia se comenzó a difundir y parecía meramente local, pues la gente, cansada de leer, oír y ver informaciones sobre las guerras de Medio Oriente y Centroamérica, las amenazas de una guerra radioactiva, las alzas en las tasas de interés para las deudas de los países subdesarrollados, los golpes de Estado y la intervención extranjera, no daba crédito a los titulares de los periódicos de ese día: “NO MURIÓ NADIE AYER!”, “NINGÚN ACCIDENTE NI DEFUNCIÓN”; sin faltar aquellos encabezados ingeniosos: “THANATOS VENCIDO”, “LA TILICA Y FLACA DE VACACIONES”.

Semejante hecho sí era una noticia, por todo lo que de novedad contenía. Los noticieros radiofónicos y televisivos ampliaban la información, ante un público expectante y sorprendido.

- “Confirmado –decía el carismático y confiable locutor-, el día de ayer no se reportó ningún homicidio, suicidio ni accidente imprudente en delegaciones o juzgados…Nuestros reporteros realizan en este momento una acuciosa investigación en todos los velatorios y hospitales, pues, al parecer, ayer tampoco murieron enfermos graves”.

En las oficinas, en las escuelas, en los cafés y en los vecindarios, todo mundo comentaba el acontecimiento, pero en un ambiente sereno, puesto que se temía escuchar en pocas horas las mismas noticias de siempre. El suceso se consideraba ciertamente extraordinario, pero al fin y al cabo pasajero.

Sin embargo, el público se enteraba de más reportes sobre el asunto. A dondequiera que se moviera la aguja del radio o el selector de canales del televisor, los periodistas daban pormenores del que ya era considerado todo un fenómeno.

- “Nos enfrentamos a un hecho sin precedentes, son ya 48 horas sin que se registre una muerte, no sólo en nuestro país, pues según los cables de las agencias internacionales, éste es un caso mundial”.

- “Esto es algo insólito, los hospitales comienzan a quedarse vacíos, pues los pacientes sanan milagrosamente y en las últimas horas no se registra ni un catarro, ni una diarrea”.

- “Noticia de última hora: la ausencia de fallecimientos no se restringe solamente a una potente y misteriosa capacidad del organismo a regenerar sus funciones en el caso de los que estaban enfermos y a evitar la entrada de virus en el caso de los sanos, no, lo más increíble es que el ser humano se ha hecho invulnerable a los accidentes y a las balas de acuerdo con los últimos informes de nuestros reporteros”.

- “Desde el kilómetro 25 de la carretera México-Cuernavaca les comunicamos sobre el violento choque entre dos autobuses de pasajeros en el cual los vehículos quedaron prácticamente deshechos, pero sus ocupantes están ilesos, repito, los ocupantes de los dos autobuses que acaban de chocar están ilesos”.

Por su parte, las empresas periodísticas comenzaban a tener un gran auge; se tiraban ediciones especiales que se vendían en enormes cantidades. Los encabezados seguían siendo sumamente llamativos: “EUFORIA MUNDIAL”, “¡SOMOS INMORTALES!”, “¡SÓLO FALTA QUE RESUCITEN LOS MUERTOS!”.

Un ambiente de fiesta surgió en todos los hogares, en muchos de ellos había auténtica algarabía. Los más felices eran aquellos que en un par de minutos abandonaban los sanatorios donde eran tratados de incurables males del corazón, de los riñones, de la vesícula; parecía que por fin el cáncer y el sida habían sido derrotados. También eran dichosos aquellos que a pesar de ser atropellados, fusilados, navajeados, ahorcados y ahogados, estaban enteramente sanos.

El júbilo era casi general, aun los que no habían atravesado por peligro alguno se sentían seguros de que nada les pasaría. Los niños jugaban sin cansarse y repetían las frases de los adultos: “no vamos a morir, no vamos a morir”. Los jóvenes vaciaban materialmente las vinaterías y además de emborracharse profusamente (las crudas habían desaparecido), rociaban el contenido de las botellas sobre su cabello. Los ancianos, estupefactos e inyectados de energía, bailaban, cantaban y no paraban de platicar acerca de sus proyectos a largo plazo.

- Tenemos tantos años por delante Juventino –decía entre suspiros una viejecita.
- Tantos no Mariquita, tenemos todos, ¡todos los años por delante!
- Es verdad Juventino, quién lo iba a decir ¿verdad?
- Pues usted dice Mariquita, ahora que tenemos todos esos años y hemos recobrado fortaleza, podríamos ser muy felices juntos…
- ¡Ah que don Juventino, no haga que me sonroje!

Hombres y mujeres festejaban velada tras velada su inmortalidad, ebrios de dicha rompían calendarios y los lanzaban al viento, otros, seguros de la eterna prosperidad se sus negocios se atrevían a regalar billetes a los limosneros que aún no acertaban a definir su situación, pues a pesar de tener garantizada su salud, no dejaban de padecer la indiferencia de la sociedad.

Los más contentos, sin temor alguno, se subían a lo alto de los edificios para aventarse una y otra vez. Todos los sitios estaban convertidos en verdaderos centros de variedades, incluso en las iglesias los fieles alababan con gritos a Dios, a pesar de la prudencia que los padres invocaban.

Aunque en los noticiarios y en programas especiales se trataba de dar una explicación al fenómeno, a la gente sólo le interesaba disfrutar de su nueva condición y ni siquiera daba crédito a los rumores de que esto fuera eventual.

-“Algunos científicos de Massachussets –apuntaban los locutores- opinan que el actual fenómeno de supervivencia puede estar ligado a la existencia de sustancias químicas hasta ahora desconocidas, desprendidas con el reciente nacimiento del volcán Pipiolo en Sevilla…
“Otra de las teorías es la que mantienen especialistas de Moscú, quienes atribuyen la existencia del fenómeno a una variación de la órbita de la Tierra, provocada quizá por la interferencias de tantos satélites espaciales…
“Por su parte, Su Santidad declaró en El Vaticano ante una multitud de fieles, que hoy como ayer, cualesquiera que sean las condiciones materiales que subsistan, no hay que dejarse tentar por las cosas mundanas que nos ofrecen una relativa felicidad y que, ante todo, más que festejar una presunta inmortalidad del cuerpo, hay que preocuparse por la salvación del alma…
“Tanto los científicos como el Papa, tienen sus reservas acerca de que este fenómeno sea efectivamente perenne”.

Sin embargo, pronto comenzaron a manifestarse conductas que nadie había previsto y que ocasionaban serios problemas a las autoridades de cada país, de cada región, de cada pueblo.

Los médicos estaban desesperados por no poder atender ni una herida, ni un dolor de cabeza, ni siquiera una fractura; el organismo humano se había vuelto perfecto. En estas condiciones, algunos doctores prefirieron dedicarse únicamente a partos, mientras que otros intentaron ejercer diferentes actividades, lo mismo que los empleados, gerentes y dueños de velatorios y panteones. Incluso muchos de los nuevos y lujosos cementerios, se convirtieron en clubes de golf y en centros recreativos privados.

Las empresas de seguros de vida ya no tenían clientes y resentían quiebras igual que muchos laboratorios farmacéuticos. Por su parte, los policías trabajaban horas extras para rastrear y atrapar a ladrones que, confiados en no convertirse en asesinos, obligaban a sus presas por la fuerza solamente, a entregar sus bolsos, carteras y joyas.

Conforme pasaban las semanas, la situación se hacía más complicada. Muchos jerarcas políticos, azorados por la presencia inusitada del fenómeno, prefirieron hacer una tregua indefinida en los campos de batalla. No obstante, otros líderes con su mentalidad expansionista, optaron por ordenar a sus soldados luchar primitivamente cuerpo a cuerpo y colocar ingeniosas trampas para cautivar al mayor número de enemigos.

A pesar de que la humanidad estaba relativamente más unida y su principal meta era vivir, vivir y vivir, las relaciones diplomáticas entre los países no variaron mucho, pues con muertos o sin ellos, los ambiciosos intereses de ciertos estadistas se mantenían inalterables.

Muchos problemas dejaban de serlo en estas condiciones. Ya no existía el drama de la falta de alimentos y la desnutrición; los seres humanos vivían aunque no probaran un bocado. La contaminación ambiental ya no amenazaba a los pulmones de los habitantes; se incrementaba el número de fumadores y bebedores sin perjuicio de su salud.

Pero nuevos problemas se generaban: la producción de alimentos ya no tenía la misma demanda, la balanza comercial entre los países sufría por lo mismo un notorio desajuste. Y ni qué decir de la producción de armas bélicas, base económica de las potencias mundiales; ahora esta rama estaba totalmente paralizada, a nadie se podía matar y ello ocasionaba drásticos cambios en los movimientos financieros del mundo entero. Era la recesión más grave que había padecido la humanidad.

Con este panorama de desestabilización tanto política como económica, la inmortalidad era una nueva amenaza para la paz social. En cada región la gente resentía los efectos de la crisis: el desempleo se agudizaba terriblemente, el nivel de vida bajaba en forma sensible, la lucha de clases se polarizaba más que nunca.

Cuando terminaron las manifestaciones de euforia por la inmortalidad, lo cotidiano resultó más angustioso. La ambición por el poder y las cosas materiales crecía, la competencia en todas las esferas de la vida era más evidente. Todos querían vivir pero vivir bien, tener el mejor puesto, las mejores oportunidades, el mejor porvenir…y la realidad era otra: la gran mayoría podría vivir, pero mediocremente.

Las disputas por envidia, egoísmo y miedo se suscitaban hasta en el más pequeño rincón de la Tierra, entre socios, amigos, esposos, padres e hijos.

- Andrea, no me puedes abandonar, juraste amarme toda la vida.
- Pero Felipe, ¿no te das cuenta que ahora no hay muerte que nos separe?

Los compromisos nupciales entraban en desuso, las herencias ya no funcionaban y los supuestos beneficiarios tenían que rascarse con sus propias uñas. Los abogados se arrancaban el cabello para resolver si era de justicia aplicar más penas de “cadena perpetua”.

Mientras la tasa de natalidad crecía, la de mortalidad ya no existía. El mundo se poblaba aceleradamente, se había roto cualquier pronóstico que de por sí era alarmante.

En forma paradójica, aun sin bombas radioactivas y de neutrones, la Tierra carecía de paz. Era difícil pensar en un solo ser que pudiera estar tranquilo, alegre. Reinaba la incertidumbre, todo el mundo comenzaba a inquietarse por la forma de vivir su inmortalidad, de sacarle ventaja a los demás. El caos era aterrador. Se respiraba tensión.

A pesar de estar garantizada la salud física de los humanos, poco a poco se empezaron a registrar desequilibrios mentales a raíz de la intensa angustia que privaba entre la gente. Los psiquiatras que ya se dedicaban a otras tareas volvieron a ser solicitados por clientes ansiosos de hallar la paz. Con los psicoanalistas, los pacientes deseaban encontrar una respuesta al qué hacer con su inmortalidad en un mundo desquiciado y conflictivo.

La angustia de las personas no se quedó en los consultorios sino que, ante el pánico de los demás, los manicomios volvieron a llenarse. Los nervios atacaban inmisericordemente. Esto asustaba más a la gente, ¿de qué servía vivir eternamente en un estado de neurosis?

Los habitantes estaban desilusionados, confundidos, atrapados de por vida en un planeta desconcertante.

De pronto, después de quién sabe cuántos días o meses, en una ciudad en la que se construía un edificio, un trabajador, tras caer desde un piso doce, no se levantó de la acera. Tímidamente la gente se acercó y rodeó al hombre. Estupefactos, incrédulos, paralizados, todos clavaron su mirada en el hombre inmóvil; nadie lo quería tocar. Por fin un valiente se hincó, tomó el pulso al trabajador y atónito se dirigió al grupo y dijo:

-¡está muerto!

En diferentes sitios se sucedieron, uno tras otro, casos similares. Por aquí un infartado, por allá un atropellado, un incinerado, un ahogado. Cuerpos a los que se les desprendía el alma ante la expectación de la multitud.

De emergencia volvieron a abrirse hospitales, salas de inhumación y panteones. Una rara paz cargada de misticismo y resignación envolvía el ambiente. Los encabezados de los periódicos aludían de nueva cuenta a los conflictos bélicos, los discursos políticos y las alzas de precios.

Sin manifestaciones de júbilo, pero tampoco de desesperación y llanto, los seres de todos los confines acogieron la vuelta a la normalidad y, más que eso, a la naturalidad.

La vida en todos sus órdenes se comenzó a reorganizar. Volvieron antiguos conflictos, pero ahora la gente contaba con una voluntad especial para superarlos dentro de sus propios límites, los límites que impone la mortalidad.

D.R. © 1986 Teófilo Huerta

Participante en el Primer Concurso Nacional de Cuento de Ciencia Ficción organizado por la representación del CONACYT en Puebla (1984)
Impreso en 1984 por Ed. Quetzalcóatl
Publicado en la revista El Universo de El Búho, No. 73, abril 2006
Cualquier semejanza con una novela de Saramago NO es coincidencia

Huracán

Miércoles, Septiembre 24th, 2008
Depto. 2
Veracruz, Ver., 2025El norte ha azotado inclemente la ciudad. Pero ¿cuál ciudad existe para Inés? Las roídas paredes de su apartamento son los mismos límites de su existencia. La caliche se desprende y forma parte de las incontables páginas de sus libros.

Para Inés estudiar no es ni un deber ni una virtud, más bien es su refugio. Para ella no hay vecinos, ni vida externa. Todo se lo llevó la muerte de su abuela a quien siempre sirvió.

Allí, sometida al yugo de las palabras, Inés presta sus ojos a las líneas de los libros que jamás devolverá a la biblioteca. La verdad no lee, recorre párrafos y más que entenderlos se inmiscuye en ellos.

Sólo son dos libros sobre la mesa y uno en sus manos; no son viejos, pero la humedad y la grasa de los dedos de Inés que van y vienen entre páginas y vueltas a la cocina, los hacen vetustos.

Las persianas no dejan pasar luz. Las ventanas están selladas. ¿Hay realmente ventanas? El norte de la ciudad a Inés no le incomoda. La vida materialmente ya no existe para ella. Su vista recorre los libros y basta; ese es su destino, ese es su entretenimiento.

Otrora Inés leía con diferente ánimo, pero siempre iba y volvía de la escuela. A la mesa acompañaba a su abuela y le contaba de sus clases y de sus lecturas. La abuela se interesaba, la hacía sentir alguien.

Ahora, ¿hay ahora?, Inés sólo recorre, cien, doscientas, mil veces las líneas. Prófuga del pasado y del presente, sólo repite historias ajenas y se involucra con personajes ficticios. Inés no es la misma.

Depto. 102
Veracruz, Ver., 2026

Traza líneas como se lo dicta el pulso, sobre la grisácea superficie que antes diera vida a tantos proyectos de edificios, centros comerciales, casas y hasta monumentos.

Ernesto se rasca la cabeza, la comezón se lo come de tantos años de no bañarse, desde aquel día en que la tubería se rompió y dejó escapar hasta la última gota de agua.

Se angustia ante el restirador, las ideas no le fluyen. Pareciera que tuviera la presión por cumplir con una entrega. Arroja el lápiz desesperado y con la regla rompe la hoja, la arranca y tras suspirar en busca de serenarse, apoya nuevamente sus manos ante la siguiente hoja en blanco, toma otro lápiz y parece que por fin surgen hábiles los trazos y nace el bosquejo de un parque de diversiones.

La sonrisa se dibuja en el rostro de Ernesto, se fascina por su diseño y a la par que define detalles, recrea con su mente los años de su infancia, cuando él se llenaba tanto de sube y baja, columpios y resbaladillas y soñaba con cohetes ya rtefactos espaciales que lo separaban de la Tierra y le abrían otros mundos, otras sensaciones e ilusiones.

Vuelto a la realidad, la sonrisa se le descompone en profunda tristeza y la lágrima que se le escapa va a parar justo a un columpio que se deshace; cruel paradoja de lo que hacía años seguramente habría ocurrido en un parque cercano, donde gotas, quién sabe si de lágrimas divinas, acompañadas de viento, arrasaron con juegos, casas, seres, proyectos.

El perfil de Ernesto extiende su lágrima sobre el dibujo y borra toda la estructura del columpio. Otras gotas caen en la resbaladilla, en las columnas tipo caramelo de la entrada, en el techo del restaurante y el huracán llega con la revoltura de los mocos y de los soplidos con saliva que la trágica cara de Ernesto expulsa ya sin consuelo. Sus uñas se encargan de destruirlo todo y abrazado al restirador encuentra por fatiga el consuelo y el sueño, como tantas otras veces.

Depto. 403
Veracruz, Ver., 2029

Han recogido todo, hasta su vida durante 25 años. Los cuadros no los han podido desprender de esas paredes sucias y oscuras que acompañaron su matrimonio. Los pocos muebles que han conservado desde entonces –jamás salieron de compras, ni renovaron su hogar- parecen muchos apilados al centro para mudarlos.

Han procurado vaciar del todo el lugar, sacar hasta el temor que los ha asolado siempre.

Por fin ha existido algo de movimiento en el edificio amarillo. Los vecinos, no obstante, no se atreven a asomarse para ver la mudanza del joven matrimonio; pero igual por el ruido y los murmullos, se enteran de oídas de lo que pasa. Quizá todos quieren mudarse, huir de esa cárcel en que se ha convertido el lugar, pero el miedo los domina, el espectro de un dueño de sus destino los amenaza a resistir, a quedarse, a aislarse de todo y de todos.

Algunos de los muebles recuerdan a los dos hijos del matrimonio, pero éste prefiere no recordar y mecánicamente suman sus cunas al resto de la mudanza. Parecen estar preparados, son jóvenes todavía, la vejez la llevan en el alma. Se han atrevido a abandonar su refugio. Los vecinos –de oídas- están incrédulos, es una amenaza, una falta de respeto al destino, una tentación mayúscula. Pero el matrimonio está decidido, dejan su apartamento y con él el resto de lo que han sido.

Depto. 404
Veracruz, Ver., 2029

El esposo ha sido el primero en traspasar la puerta del 403 para entrar a su nueva morada, muy cerca de allí. Tiene la misma distribución, incluso es más oscuro, más tétrico, ideal para terminar con sus días.

La mujer se entretiene en recoger algunas cosas todavía y se amarra unos minutos, ¿u horas?, en su viejo departamento. El esposo ya ha tomado la iniciativa de barrer el nuevo (¡!!!) aposento. Sólo hay un gran ropero en él, vacío e incómodo. El hombre mete la escoba por los rincones y saca kilos de mugre, de polvo que huele a tragedia, a pasado, a momentos indescifrables. Se comienza a asfixiar, quién sabe si por la alergia al polvo o por el enfrentamiento al pasado que no se borra.

El esposo continúa su tarea, pasan las horas ¿o las semanas? Y el departamento sigue igual. Las ventanas están clausuradas y por la puerta no circula el aire. Tendrán que vivir (¿?) así, entre polvo.

Depto. 404
Veracruz, Ver., 2029

El matrimonio estrena apartamento. Felices no están, pero al menos creen estar y ser los únicos que habitan aquella estructura. Todos, cada quien en su morada, creían ser los únicos. Claro, más el matrimonio al que estupefactos han escuchado que se muda.

El 403 ha quedado abandonado. La mujer y su esposo sienten que han traicionado a sus hijos y a su vida y tienen deseos de recomenzar la mudanza y regresar a su antiguo departamento. Se ven y con la mirada se lo dicen; no hablan porque no saben si después de tantos años puedan pronunciar palabras, ni siquiera saben si existen todavía las palabras.

Están a punto de volver a abrir la puerta pero un toquido los paraliza. ¿Quién más, aparte de la muerte, los puede visitar? Es la suegra de la mujer. La pasan, están incrédulos.

Pareciera que ningún huracán hubiera afectado sus vidas. El hijo le acerca una silla a su madre y ésta se sienta. Sus arrugas y canas se ocultan tras de una renovada alegría de ver a sus familiares. El matrimonio no da crédito, siente como antaño la visita pero presiente otra no deseada.

Exactamente. Otro golpe a la puerta. Para esto más de un vecino también se han atrevido a quitar las trancas de las ventanas y a asomarse, los han inquietado primero la mudanza y luego los golpes. El hombre se arma de valor y se acerca a la puerta. ¿Quién puede ser? ¿Sus hijos? ¡!!!!!!

No. Es el portero. Un cincuentón de cabello largo y cano. Lleva la misma gabardina beige con que apareció aquel día cuando tocó puerta por puerta y dio el aviso del cruel huracán. “Nadie salga de sus casas”, habría dicho, “Atranquen puertas y ventanas, el mar se nos viene encima”.

Todos obedecieron entonces y él hizo lo mismo. Ahora salía a investigar quién osó mudarse y quién después de él se atrevía a tocar una puerta.

Pasa al interior del 404. La suegra extiende la mano, pero el portero la ignora y sólo recorre con la mirada el departamento, ve con reproche y odio a los ojos del esposo, da media vuelta y traspasa la puerta. La suegra se ofende, se levanta a perseguir al hombre de la gabardina beige, se atreve sí, a abrir los labios y a emitir con desesperación un “Oiga, ¿usted quién se cree?”. El portero toma la escalera hacia la azotea, perseguido por la suegra y más atrás por los esposos. Poco a poco, como zombies, más vecinos traspasan las puertas y se suman a la caravana.

Todo es confusión, muchos se aterran al revivir el movimiento de aquel día, carreras por los pasillos y las escaleras, gritos, aprehensión por estar todos unidos, por salir a la búsqueda de la abuela, tías, hermanos…hijos y el portero inmóvil que resguardaba el zaguán rojo con dos maderos cruzados, todavía con agua escurridiza por la gabardina.

Ahora a la gabardina beige del portero no le escurre agua, sino sal. Ha llegado a la azotea seguido por la multitud. Se para y ve el horizonte, con una mirada perdida, triste, vacía…Todos atrás de él, contemplan el mismo panorama y se les enchina la piel. La mayoría alguna vez vio el nítido paisaje, el inmenso y tranquilo mar azul, las palmeras. Algunos antes de correr y guarecerse por años en sus departamentos, alcanzaron a ver ese mismo mar furioso salirse de su espacio, arrancar esas mismas palmeras y comenzar a llegar muy cerca de ellos. Otros más se quedaron justo ahí y ahora sus fósiles restos esparcidos por lavaderos y piso, son vistos por sus antiguos vecinos.

El panorama hoy es diferente, no más agua azul tranquila ni violenta, ni siquiera agua en los ojos de los testigos mudos, paralizados, extrañados, perdidos.

Calle Emiliano Zapata, no. 144
Veracruz, Ver., 2056

Ha llegado el equipo de ingenieros y trabajadores. Algunos con guayabera o camisas cortas, otros con el torso desnudo.

Unas diez máquinas atraviesan el desierto de Veracruz y se detienen a escasos metros del edificio amarillo.

-Increíble ¿verdad? –comenta un ingeniero a su compañero- ¡Cómo pudo resistir esta estructura!

Y luego da la orden para su demolición:
-¡Adelante!

Feliz, el grupo contempla la destrucción del único estorbo para levantar en pleno desierto de Veracruz, una plataforma petrolera que será “orgullo de todos los mexicanos”.

 

 

D.R. © 1993 Teófilo Huerta
Publicado en la revista El Universo de El Bhúo, No. 94, marzo de 2008 (Versión pdf

La mujer rojinegra

Miércoles, Septiembre 24th, 2008
Contaba con tiempo de más para regresar a su oficina, así que aprovechó para hojear algunos libros en aquella tienda donde antes había comido.

No tenía una preferencia particular, lo mismo pasaba de un libro de ciencia ficción, a uno de algún clásico y a otro sobre superación personal. Tomaba cada libro, leía la contraportada y si le interesaba iba al índice y de ahí a algunos párrafos al azar.

Realmente mantenía la concentración y no levantaba la vista sino para ver títulos. De pronto sintió una mirada que lo hizo voltear, buscarla y encontrarla reflejada en la columna de espejo. Era la imagen de una bella joven de cabello castaño, vestido rojo con suéter y botas negras que a unos diez metros revisaba unos bolsos.

Nervioso, quiso sostenerle la mirada a la chica, también espejo de por medio, pero ella fingió entonces indiferencia. Volvió al libro que sostenía en las manos, pero las letras que sus ojos advertían ya no eran registradas pues su cerebro le ordenaba pensar en la mujer.

Se animó nuevamente a buscar los ojos de la joven y los ubicó en otro ángulo del espejo. Ella esbozó una sonrisa y él jaló aire para evitar sonrojarse antes de devolverle el cumplido. La mujer rojinegra se desentendió y avanzó algunos pasos para ver ahora unos cinturones.

Ya interesado, también él caminó hacia otro pasillo hasta quedar con otra cara del espejo de frente para no perder de vista a la chica. Quería de plano dejar el libro, pero lo sostuvo como pretexto para no verse ridículo.

Volvió a una página del libro, trató de leer algo como una acción mecánica encaminada a controlar sus nervios. Sintió lograrlo, así que ahora calculó la correspondencia real de la ubicación de la mujer con respecto a su imagen en el espejo y volteó dispuesto a sostenerle la mirada. Se extrañó por su error de cálculo y entonces tranquilo volvió la vista al espejo, vio a la mujer ligeramente desplazada que examinaba unas mascadas y sonrió por la coincidencia del movimiento. Volteó otra vez y no encontró nada. Sintió un vacío. Se pasó los dedos por los párpados y con resolución hizo un recorrido exhaustivo con la vista sin tener éxito.

Ya incómodo, dio la vuelta a la columna y vio nuevamente a la mujer que al tiempo de probarse un perfume, le sostenía la mirada, levantaba la barbilla y pasaba su mano por la cabellera en abierta invitación.

Los dos se vieron. Ya no existía duda en cuanto al ligue. Para asegurarlo bastaba con que él se acercara, le ofreciera un cigarrillo, le dirigiera alguna palabra y después con la facilidad de la cafetería en el mismo interior de la tienda, invitarle a tomar algo. El único “pero” era que al voltear al escenario real, la mujer no escapara como antes.

Caminó hacia el espejo hasta toparse con él y admirar a la mujer. Las miradas seguían fijas y profundas. Dio la vuelta en una fracción, recargó incluso la espalda en el espejo para tenerla justo de frente y no halló a nadie.

Ya no sonrió, ni dudó, simplemente un calosfrío le recorrió todo el cuerpo a la vez que palideció. Se puso de perfil y con el ojo derecho hacia el espejo alcanzaba a ver el bulto rojinegro, mientras que con el izquierdo al indagar, veía el mismo mostrador pero sólo con el empleado departamental.

Con tristeza vio al espejo. La mujer recibía una nota. Al encaminarse hacia la caja, la chica le vio y sonrió. Al salir de la perspectiva del espejo, él la trató de ubicar en algún ángulo del mismo.

Ya no le importaba encontrarla en el espacio real, ahora no quería perder ni su imagen. Rodeó la columna sin hallar nada. Se mesó el cabello y se mordió una mano. No advirtió siquiera al empleado que pasó junto a él y que lo examinó extrañado.

Con los ojos fijos en el espejo volvió a tope con él pero ahora de frente. El libro que aún llevaba se le zafó y apoyó las manos sudorosas en el espejo para examinarlo con las yemas de sus dedos, como queriendo palpar un nuevo mundo.

Recorrió las cuatro caras de la columna y eligió una. Todavía frente al espejo se alzó y se agachó sin despegar las palmas del mismo. Parecía que medía o realizaba algún trabajo sobre el cristal. Se mareó, perdió parcial y fugazmente la vista y el equilibrio.

Cuando recobró el control, jaló otra vez aire y encontró felizmente a la distancia a su mujer rojinegra. Sonrió y pareció rescatar la tranquilidad pues sus ojos distinguían que la veía ya no como imagen sino realmente en el amplio espacio de la tienda. Sin moverse, observó como la mujer pagó en la caja y recibió un paquete. Ella también le miró y le guiñó un ojo para después retirarse y salir completamente del establecimiento. Todavía con la anterior sensación de buscar la imagen desde diferentes ángulos, movió la cabeza pero se percató de que ya no tenía al espejo de frente y que esto no era necesario. Inquieto por perder al objeto de su deseo, no se angustió al pensar que lo único que ahora tenía que hacer era caminar o correr libremente e ir tras ellas hasta donde pudiera abrazarla.

Al dar el paso chocó con una barrera invisible. Volvió el estremecimiento y los ojos abiertos a su máximo. Intentó por su flanco derecho y sintió lo mismo. Igual ocurrió hacia los restantes dos lados. Con la cara totalmente descompuesta trató de huir, pero únicamente pudo palpar con las palmas de sus manos las cuatro barreras que le rodeaban.

D.R. © 1997 Teófilo Huerta

Mención Honorífica Certamen El Cuento Triste Reforma/Alfaguara 1997
Publicado en la revista Macrópolis,

La agenda

Miércoles, Septiembre 24th, 2008
Francisco se ocupaba desde hacía muchos años de agendar meticulosamente todas sus citas y actividades, fueran laborales, sociales o privadas.

Tenía una profunda fascinación por las agendas. Era como tocar el tiempo en su conjunto, el pasado, el presente y el futuro.

Regaladas o compradas, siempre elegía con anticipación la agenda del próximo año y se deshacía por estrenarla.

Aunque las prefería por semana, un fin de año encontró una que era por días que le atrajo mucho y la adquirió personalmente. Apenas comenzó el siguiente año, destruyó parsimoniosamente su agenda vieja y a la nueva la colocó estratégicamente sobre el escritorio de su oficina y comenzó así a programar sus pendientes, obligaciones y compromisos; su vida toda.

Antes de concluir cada jornada laboral daba vuelta a la hoja para ver sus actividades del día siguiente. Todo iba de maravilla como siempre cuando un día de marzo dio la ritual vuelta a la hoja de su agenda y para su sorpresa se encontró con que se saltaba el día posterior, no había mañana. Incrédulo regresó a la hoja actual y a repasarla con sus dedos, pero no, no había error, se saltaba una fecha. Ya inquieto pasó las siguientes hojas para ver si no estaba traspapelada, pero tampoco. Se llevó la mano a la frente y la bajó hasta la boca. De pronto un escalofrío invadió su cuerpo y una idea se posesionó de él, era posible que el día siguiente no existiera para él, mejor dicho, el no existiría para el día siguiente, a lo mejor su muerte estaba señalada. Vio su reloj y sin pensarlo mucho salió sin avisar directo al establecimiento donde había adquirido la agenda. Entró, buscó una agenda igual y no encontró sino un par que eran diferentes. Volvió a ver su reloj y se dio cuenta que perdería mucho tiempo en buscar una idéntica, así que tomó una, la pagó y de inmediato la revisó día por día; al verificar que estaban los 365 días del año se tranquilizó un poco.

De vuelta en su oficina y ya casi solo, por una cosa de superstición se dio a la tarea de transcribir a la nueva agenda todo lo que había puesto en la que tenía en su escritorio. A hora y media de que terminara el día, la rapidez y los nervios arrojaron una letra no muy pulcra, pero logró su cometido, luego destruyó la que había sido su agenda favorita y la depositó en un basurero lejano a su espacio. Respiró profundamente, dejó impecable su agenda señalando el próximo día con sus respectivos compromisos, tomó su carpeta y saco y salió rumbo a casa.

Ya en su hogar espero algunos minutos para traspasar el día, no fuera a ser que la “medicina” no funcionara y de todos modos no viera la fecha siguiente. Después de las 12 se tranquilizó más y hasta sonrió, se fue a recostar pero con todo y los obstáculos superados, el miedo le impidió conciliar el sueño sino hasta muy entrada la madrugada. Por fin despertó y se sintió verdaderamente aliviado, estiró feliz su cuerpo y le dieron ganas de tomarse el día e ir al campo a relajarse, sin embargo pudo más su responsabilidad al recordar una cita importante de trabajo, incluso sonrío pues el recordatorio le llegó por la imagen mental de la cita apuntada en la agenda sustituta.

Tras de arribar a su oficina, el día transcurrió sin novedades ni inquietudes. Al llegar la hora de partir volvió a sonreír por lo sucedido la víspera y ahora con mucha seguridad dio vuelta a la hoja de su agenda y repasó las actividades del mañana. Tomó sus cosas y salió, hizo escala en un restaurante donde cenó a placer y después llegó a su casa directo a la cama. Muy tranquilo suspiró y pronto cerró los ojos y durmió. De su sueño jamás despertó.

D.R. © 2003 Teófilo Huerta
Publicado en la revista Universo de El Búho, No. 84, abril de 2007. (Versión PDF).